Un nuevo lacre, pleno, para uno de los blancos más personales de la bodega, fruto del talante inquieto de su creador, Pedro Aibar. Esta añada destaca por su sutileza, su elegante carácter frutal y su excelente viveza. Un vino que parece haber tomado un línea de gran regularidad, estilo y excelente relación calidad-precio. Se elabora con una selección de uvas blancas sobre las que se guarda un celoso secreto, cuya receta y composición pueden variar en función de las características del año con el único objetivo de mantener la personalidad, siempre enigmática y sorprendente, de este blanco que es, sin duda, una de las propuestas más originales y personales del país. Siempre complejo y expresivo, siempre equilibrado y con el gran aliciente de evolucionar favorablemente en el tiempo. Quienes valoren la intensidad frutal y la frescura pueden empezar a disfrutar de él ya mismo. Pero si son amantes de un carácter más complejo, y entienden las bondades de una reducción que puede dar notas amieladas, a hidrocarburos o a frutos secos, merece la pena que reserven alguna botella para dentro de dos o tres años. Pero en ambos casos encontrarán sutileza y gran riqueza de matices